Algo sin lo cual Israel no podía vivir…

¿Alguna vez te pusiste a pensar en cómo Dios se ocupaba de su pueblo antes de que existiera la palabra escrita de Dios? Enoc no tenía una Biblia, ni tampoco la tenían Noé, o Abraham, Isaac o Jacob. Nuestra Biblia nos enseña que aunque estos hombres no tuvieron la Palabra escrita, Dios les habló cara a cara.

Sin embargo, la Biblia no dice nada acerca de que Dios hablara con los hijos de Israel durante el largo período después de ser esclavizados. A pesar de esto, Dios escuchaba sus súplicas y sabía de sus lamentos. Y Él tenía un plan.1

En un momento de la historia cambió todo, Moisés apareció en escena. Por esas extrañas coincidencias, mientras un faraón paranoico mataba a bebés varones con el fin de intentar diezmar la cantidad de los hijos de Israel, Moisés fue adoptado por el faraón y criado por una hija de linaje real.

La importancia de estas circunstancias no puede pasarse por alto cuando caemos en la cuenta de que Egipto fue una de las civilizaciones más avanzadas de todo el mundo. Y Moisés, un integrante de la realeza por adopción, recibió la que en su momento fue la mejor educación del mundo. De seguro entendía los jeroglíficos.

Los arqueólogos no creyentes durante mucho tiempo manifestaron que Moisés no podía haber escrito la Torá ya que, en esa época, nadie podía escribir en hebreo. Sin embargo, las pruebas arqueológicas más recientes (página 6) podrían, con el tiempo, ser otra estocada para la negación atea. Cada nuevo descubrimiento arqueológico que se hace aquí en Israel continúa demostrando que la Biblia es, después de todo, veraz y precisa.

Según la Biblia, Moisés guio a Israel fuera de Egipto alrededor del año 1445 a. C. Y pasó los últimos 40 años de su vida guiando a los hijos de Israel a través del desierto, así como también escribiendo las palabras que el mismísimo Dios le había dictado en hebreo. La Torá, los Cinco Libros de Moisés, fue reconocida inmediatamente por el pueblo de Israel como un libro autorizado que Dios le entregó a Moisés.

Y Moisés se lo leyó a todo su pueblo:

«Después, tomó el Libro del Pacto y lo leyó ante el pueblo, y ellos respondieron: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho, y le obedeceremos”».2

Las Escrituras sugieren que hubo cerca de 2 millones de personas que siguieron a Moisés fuera de Egipto. Sin micrófonos, era claro que él necesitaba ayuda, mucha ayuda, para transmitirles la Palabra de Dios.

Al reflejarla por escrito, la Torá sería capaz de llegar a un número ilimitado de personas. El Señor le dijo que eligiera una tribu, los levitas, para que sirvieran a Dios y al pueblo como ministros espirituales. Ellos debían copiar los pergaminos de la Torá y guardar una copia en el Arca del Pacto.3

Desde lo organizacional, debe haber sido todo un desafío leerle, en el medio del desierto, la Torá ¡a todo el pueblo de Israel! ¡Qué tarea!

No obstante, Moisés sabía que los líderes de Israel debían empaparse de la Palabra de Dios si querían servirle al Señor con todo su corazón. De hecho, Moisés les había ordenado a todos los futuros reyes de Israel que escribiesen su propia copia de la Ley a partir de la copia de los levitas.

«…y[el rey] leerá en él todos los días de su vida…ni se aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra; a fin de que prolongue sus días en su reino…».4

El testimonio de todo el Antiguo Testamento es coherente: cuando el gobierno y los líderes espirituales de Israel sirvieron a Dios y le acercaron la Palabra de Dios a sus ciudadanos, su nación prosperó, cada vez.

JOSUÉ

Pero el sucesor de Moisés, Josué, se encargó de tomar posesión de la tierra que Dios le prometió a Israel. Durante los 52 años5 que Josué estuvo al mando de Israel, él eligió a Silo como el centro espiritual de la nación. Allí, instaló el tabernáculo de reunión que albergó al Arca del Pacto, junto con los pergaminos de la Torá. Josué se dedicó con devoción a transmitir la Palabra de Dios a los corazones y mentes de los hijos de Israel.

«No hubo ni una palabra de todo lo que había ordenado Moisés que Josué no leyera delante de toda la asamblea de Israel, incluidos las mujeres, los niños y los forasteros que vivían entre ellos».6

Aún más, agregó su propio libro, que lleva su nombre, donde escribió todos los sucesos que ocurrieron después de que llegaron a la Tierra Prometida.

Y, no es de extrañar, mientras Josué y los ancianos de su generación estuvieron con vida, Israel sirvió al Señor, aunque eso no significa que fue una tarea fácil. A medida que cada tribu tomó posesión de la tierra que Dios le había dado, comenzaron a ubicarse en zonas distantes a lo largo de toda la Tierra Prometida.

JUECES

Aquí es donde comienza lo difícil. Durante un período de casi 300 años, doce jueces diferentes, que vivían en zonas diferentes, se sublevaron en gran parte como líderes militares contra los ataques de enemigos que intentaban conquistar la tierra que Dios les había prometido. En general, no eran muy espirituales.

Mientras las tribus se reubicaban en zonas distantes, muchos se apartaron cada vez más de su Dios. Sus vidas estaban llenas de violencia extrema y de idolatría. Algunos jueces, como Débora y Gedeón, eran personas de Dios. Sin embargo, parecía haber un deterioro constante en la calidad de los jueces, hasta llegar por último a gente como Sansón: guerrero, sí, pero hombre de Dios, no. Sin un liderazgo espiritual firme, leer y obedecer la Torá ya no era prioridad. Todos quedaron sumidos en una violencia desenfrenada, pecados sexuales e idolatría. Las guerras entre tribus le costaron la vida a cientos de miles de personas.

El penoso Libro de los Jueces termina con:

«En aquellos días no había rey en Israel, y cada quien hacía lo que le parecía mejor».7

Pintura de Samuel el profeta, por Claude Vignon

SAMUEL

A pesar de esto, todavía había en las tribus algunas personas que se mantenían cercanas a Dios. Con su liderazgo, Samuel trajo orden al menos a una parte de la recién conformada nación. Un profeta poderoso, sirvió a su pueblo al recorrer tres de las principales ciudades —Betel, Gilgal y Mizpa, además de su propia ciudad, Ramah— y ser juez de Israel. Como juez, le enseñó a su pueblo los mandamientos de Moisés y el libro de Josué. Antes de morir, también incorporó el libro de los Jueces y el libro de Samuel a la Palabra escrita de Dios. Sin embargo, de seguro había muchos pueblos y aldeas alejados del centro espiritual de Israel. Es muy poco probable que todos los israelitas recibieran un régimen estable de la Palabra de Dios.

DAVID Y SALOMÓN

A continuación, llegaría el período de los Reyes. Es probable que la Casa de Israel escuchara más las Escrituras durante los reinados del rey David y del rey Salomón que durante cualquier otro período desde la muerte de Moisés. En las Escrituras, se puede ver con claridad que el rey David, aunque empezó como un sacerdote, se convirtió en un juez, músico, escritor, poeta y profeta muy instruido.

David trajo orden a la toda la tribu levítica y sacerdotal, ¡a los treinta y ocho mil de ellos! Su forma preferida de transmitir la palabra de Dios era a través de canciones proféticas y de alabanza, junto con salmos históricos sobre la interacción de Dios con Israel a lo largo de los siglos. Designó a cuatro mil levitas como músicos para que, a través de canciones e instrumentos musicales, se dedicaran a la adoración.

Por Shira Sorko-Ram

Fuente: Maoz-Israel Español http://www.maozisrael.es/

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