David, es extrovertido y amigable, tiene una sonrisa ganadora y siente pasión por compartir al Mesías

Según lo relatado a Tamar Afriat

 
 

David es un evangelista callejero «nato»: es extrovertido y amigable, tiene una sonrisa ganadora y siente pasión por compartir al Mesías, incluso ante el riesgo de sufrir ataques físicos. Cada semana, se lo puede encontrar por las calles de Tel Aviv mientras da testimonio y ora con la gente. Esta es su historia, según sus propias palabras.

Algo estaba faltando

Crecí en un hogar judío tradicional. Durante un tiempo, mi hermano mayor estudió en una yeshivá, una escuela religiosa, y mi mamá veneraba mucho la forma de vida ortodoxa. Ella acudía a los rabinos cuando necesitaba consejos y hacía lo mejor que podía para asegurarse de que todos fuéramos a la sinagoga, en especial en festividades sagradas. Si bien yo iba, por dentro no conectaba con nada de lo que sucedía allí, y sentía que debía haber algo más profundo que todo eso. No sabía qué era, se tratara de Dios o no, pero sabía que algo estaba faltando.

El encuentro

En 2002, después de prestar servicio por tres años en una unidad de combate de las Fuerzas de Defensa de Israel, me fui a los Estados Unidos y comencé a vender productos del mar Muerto en un centro comercial. Ganaba muy bien y tenía una buena vida, con todos los placeres que el mundo podía ofrecerme. A pesar de hacer prácticamente todo lo que se me antojaba, no era en verdad feliz. En mi corazón, sentía que todavía había algo que faltaba, pero no sabía qué.

Entonces, un día en el trabajo, un cliente judío me dijo algo muy interesante; él dijo que amaba sentir a Dios en su vida cotidiana. Y luego me hizo una pregunta también muy interesante: «¿Alguna vez sentiste a Dios en tu vida?». Mi respuesta fue «No», aunque por dentro me pregunté: «¿Cómo es que realmente se puede sentir a Dios?».

Cuando regresé a casa esa tarde, su pregunta continuaba inquietándome. Al final, le dije a Dios: «¡Quiero que TÚ me digas cuál es la verdad!». Decidí hacer algo al respecto: comencé a leer la Biblia.

Al poco tiempo, me crucé con el Salmo 22 que dice: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», y «me horadaron las manos y los pies». Es acerca de alguien a quien torturan y de quien se burlan. En el momento en que leí esto, tenía miedo de que mencionara a Yeshú el Notzri (el nombre peyorativo con el que los rabinos se referían a Yeshúa). Por eso, hice lo que cualquier buen muchacho judío haría: ¡llamé a mi mamá!

Mi mamá sabía mucho de religión y tradición, y creía que si le leía el versículo, podría ayudarme a entenderlo. Cuando escuchó lo que leí, me advirtió: «Ese es un libro gentil. Tenemos prohibido leerlo». Ella pensó que le estaba leyendo algo ¡del Nuevo Testamento! Le respondí: «Mamá, esto pertenece a la Biblia hebrea, ¡son los Salmos!».

 
 
 

 
 
 
 
 

Una imagen en internet

Mi búsqueda no se detuvo. Siempre me había preguntado acerca de todos los sacrificios en el Antiguo Testamento, y, en particular, me preguntaba por qué Dios le pediría a Abraham que sacrifique a su hijo, Isaac. Un día, mientras buscaba en internet información sobre el sacrificio de Isaac, encontré una pintura en la que Abraham ofrecía a Isaac como un sacrificio a Dios. Justo arriba, sin embargo, había una imagen de Yeshúa en la cruz: Dios ofrecía a Su Hijo como un sacrificio para nosotros. Y así de repente, lo comprendí. Para mí, ese fue el punto sin retorno.

Otra revelación

Tan pronto como acepté que Yeshúa era mi Mesías, comencé a devorar la Palabra y quería aprender lo más que pudiera. Me crucé con Isaías 44 donde en el versículo 6, Dios dice: «Yo soy el primero, y yo soy el último». Poco después, vi la misma línea en las Revelaciones donde Yeshúa dice: «Yo soy el primero, y yo soy el último». De pronto, me di cuenta de que Yeshúa no era tan solo un Mesías, sino también Divino. ¡Nadie me lo había dicho!

Desde el momento en que comencé a creer que Yeshúa es una parte de Dios, mi conexión con Él se volvió más profunda. Él no es únicamente el Salvador, el siervo sufriente del que habla Isaías. Él es Dios y Rey. Aquí en Israel, algunas personas podrían llegar a la conclusión de que Yeshúa es el Mesías al que se hace referencia en las Escrituras judías. «Está bien —dirán—. Yeshúa es el Mesías. Él es Señor, pero no Dios». Se necesita una revelación de Dios para que los judíos superen el obstáculo de aceptar que el Mesías también es Dios.

El cambio

Podría decirse que yo era el típico israelí «punk» cuando llegué a la fe en Yeshúa; fumaba lo que fuera, pero a medida que mi fe iba creciendo, conversaba todo el tiempo con Él. Un día, mientras le hablaba, tenía un cigarrillo electrónico en la mano, y de la nada me generó asco y me deshice de él. De allí en más, lo dejé todo.

¡Traicionaste a tu pueblo y tu herencia!

Cuando por primera vez les dije a mis padres sobre mi fe en Yeshúa, no se lo tomaron para nada bien. Me dijeron que había traicionado a mi pueblo y mi religión. A mi mamá, en particular, le costó mucho aceptarlo y acostumbrarse a mi fe. No ayudó que se lo dijera durante una época en la que mi familia había sufrido algunas tragedias, y mis novedades, según su punto de vista, traicionaban a mi pueblo. Incluso culpó a mi creencia en Yeshúa por todas las cosas malas que estaban sucediendo en mi familia.

No obstante, cuando volví a Israel, mis padres comenzaron a ver los cambios que había experimentado. Mis antepasados eran judíos marroquíes, y los marroquíes son conocidos en Israel por su carácter acogedor pero explosivo; ese era yo. No se podía tener una conversación normal conmigo: me apartaba o insultaba. Era orgulloso e impaciente. Todo eso comenzó a cambiar a medida que mi relación con Yeshúa fue creciendo.

Mi familia vio que de pronto yo era una persona seria y responsable cuando antes lo único que me importaba era perder el tiempo holgazaneando. Ellos sabían cuán adicto era a fumar y drogarme, y, así de la nada, dejé de hacerlo. Muy pronto se dieron cuenta de que todos estos cambios en mí eran debido a lo que Dios había hecho por mí a través de Su Hijo. Alabado sea el Señor, ahora saben que Él no es Yeshú el Notzri, ¡sino Yeshúa, el judío! Él vino por todos nosotros, primero por los judíos y luego por el resto del mundo. Es solo que nosotros, la nación judía, lo rechazamos cuando vino, al igual que a muchos otros profetas que Dios envió mediante la Biblia. Sin embargo, siempre hubo un remanente entre los judíos que sí creyó.

 
 
 

 
 

La Congregación Tiferet Yeshúa en el centro de Tel Aviv

 
 
 

El llamado de un evangelista

La primera vez que vine a la Congregación Tiferet Yeshúa, una pareja que todas las semanas recorría las calles para dar testimonio me invitó a unirme. Oramos juntos antes de salir y luego nos dirigimos a la vía pública. Al principio, tuve miedo y dejaba que fueran ellos quienes se acercaran a la gente mientras yo me quedaba a un costado para ver si la situación terminaba con algunos puñetazos. Cuando paso un tiempo, sin embargo, Dios me concedió la gracia y todo se fue dando de forma más natural.

No siempre es fácil hablarles de Yeshúa a las personas, y muchos israelíes no quieren escuchar de Él porque ya les han contado cosas horribles acerca de Él. No obstante, me siento llamado a llevar el mensaje del Mesías judío al pueblo de Israel, de preguntarles a las personas: «¿Por qué estás aquí? ¿Qué quiere Dios de ti? ¿Qué dice la Biblia al respecto?».

Oro para que mis preguntas les afecten del mismo modo que aquella que alguien me hizo algunos años atrás en  los Estados Unidos. Y que, por su parte, ¡se atrevan a pedirle a Dios que les muestre quién es!

Yeshúa era eso que me faltó durante toda mi vida. Su paz cambió mi corazón y me transformó para bien. Cuanto más supe sobre Él, más se ganó mi corazón y sencillamente me enamoré de Él.

Fuente: Maoz-Israel Español http://www.maozisrael.es/

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