La sangrienta batalla para liberar La Palabra de Dios

Cuando la religión gobernó, el mundo occidental se sumió en la oscuridad. Cuando la Palabra de Dios reapareció, las naciones surgieron para crear las civilizaciones más avanzadas de las que se tiene conocimiento. Esta es la historia.

En el año 393 d. C., los hombres devotos de Dios estudiaban los múltiples manuscritos que circulaban entre las iglesias. Separaban los escritos cuya autoría podían atribuirla fehacientemente a los apóstoles de Yeshúa originales de aquellos que eran imposibles de verificar. Solo veintisiete libros se incluirían en el Nuevo Testamento. Desde luego, tomar estas decisiones históricas tan trascendentales llevó mucho tiempo de investigación y oración.

Incluso antes de que el Nuevo Testamento se finalizara de modo oficial como libro, el emperador Constantino había ordenado que se distribuyeran en Constantinopla, su capital, cincuenta biblias griegas entre las diferentes iglesias en crecimiento. Por un corto tiempo, la Palabra de Dios en latín y en griego se difundió con rapidez, pero cuando el Imperio romano se derrumbó (476 d. C.), y la Iglesia se apoderó del gobierno, todo comenzó a cambiar.

Un periodista secular del Huffington Post realizó la siguiente observación:

«¿Es que acaso uno no supondría que la recién conformada Iglesia [por el emperador Constantino] querría que sus devotos conocieran a fondo el Nuevo Testamento que se había sancionado, en especial cuando la Iglesia hizo todo lo posible por eliminar los Evangelios que le hacían competencia? ¿Y la mejor manera de difundir las “buenas nuevas” no sería asegurarse de que todos los cristianos tuvieran acceso directo a la Biblia?»

«Eso no fue lo que sucedió. La Iglesia en realidad se dedicó a convencer a la población de que no leyera la Biblia por su cuenta, una política que se intensificó en el transcurso de la Edad Media e incluso después, cuando se incorporó una prohibición que impedía la traducción de la Biblia a idiomas nativos». link

LA CAÍDA EN EL ANALFABETISMO

Se produjeron otros sucesos que ralentizaron de forma inadvertida el proceso de copiar la Biblia para el mundo Cristiano. Roma se dividió en dos imperios, y designó a Roma y a Constantinopla como las dos capitales. No faltaba mucho para el derrocamiento de Roma. El latín desapareció, y lo reemplazaron varios idiomas europeos locales. En la parte oriental, conocida como el Imperio bizantino, el griego se convirtió en la lengua oficial de la elite, aunque allí también convivían muchos otros idiomas locales que hablaban las masas.

Las Biblias continuaban siendo escritas a mano, tanto en latín como en griego. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos no podía leer ninguno de los dos idiomas. En general, solo los funcionarios instruidos y los ricos sabían leer y escribir.

Al pasar los siglos, la Iglesia católica romana no fomentó la escolarización ni siquiera entre sus monjes. Eso se tradujo en una escasez de eruditos religiosos cultos.  A estos monjes casi sin educación se los dejó a cargo de copiar las Escrituras en latín aunque no manejaban la lengua con fluidez.

«Es interesante que los teólogos cristianos que tuvieron una gran influencia en la cultura cristiana —como Agustín, Jerónimo, Tertuliano y, un tiempo después, Wycliffe— fueran todos bien educados en universidades antes de convertirse en monjes». Este hecho es una lección para el presente, dado que las universidades de hoy nos dan profesores, políticos e intelectuales en su mayoría ateos. La educación es importante, para bien o para mal. link

 
 
 

 
 

Una clase universitaria en Alemania, del pintor italiano Laurentius de Voltolina (década de 1350)

 
 
 

EDUCACIÓN EXCLUSIVA PARA LOS RICOS

Durante lo peor del Oscurantismo, no había escuelas para los pobres. No obstante, en muchas ciudades y pueblos, los hijos de los ricos sí tenían acceso a la educación.

Oxford y Cambridge crecieron hasta constituirse en universidades antes del año 900 d. C.; en 1320, ¡Oxford contaba con treinta mil estudiantes! Las universidades existían en Italia, Francia y Alemania, y todas ellas enseñaban latín.

En la Baja Edad Media, la producción de textos tanto seculares como religiosos pasó a estar cargo de copistas profesionales. Quienes vendían libros abrieron tiendas cerca de las universidades y escuelas catedralicias, y así fue que el comercio de libros floreció. Por supuesto, como la mayoría de las personas en la Edad Media era analfabeta, las Biblias ilustradas con maravillosas imágenes fueron ganando mucha popularidad.

Dado que las Biblias completas eran de un tamaño enorme, se las dividió en varios volúmenes muy costosos. Únicamente los ricos, las catedrales y las universidades podían pagarlos.

Como pocas personas sabían leer, además de que las Biblias eran increíblemente caras, las autoridades católicas llegaron con facilidad a la conclusión de que sus fieles ya casi no necesitaban las Escrituras. Esta privación luego se transformaría en ley.

NEGÁNDOLE ALIMENTO AL REBAÑO

Y así, durante mil años,  las autoridades católicas romanas, con sus papas y sus concilios, le quitaron por la fuerza la Palabra de Dios al rebaño del que eran responsables. Al hacerlo, los católicos romanos (que condenaron a los judíos por su comportamiento a lo largo de la historia) demostraron que las acciones de los líderes judíos —control y corrupción—eran, ni más ni menos, la naturaleza humana. Los católicos romanos estaban cometiendo exactamente el mismo pecado del que el profeta Jeremías había acusado a los líderes judíos en tiempos pasados.

Tras cientos de años, la dominación y el control sobre el pueblo de Europa y cualquier otro lugar que la Iglesia gobernara se volvieron más extremos. Traducir la Biblia a una de las lenguas locales se volvió un crimen que podía costarle la vida a un erudito, por la espada de la Iglesia católica romana.

Canon del Concilio de Toulouse (1229 D. C.): «Prohibimos al laico tener en su poder cualquier copia de los libros del Antiguo y Nuevo Testamento; y prohibimos con toda severidad que siquiera existan estas obras en la lengua vulgar». 

Canon del Concilio de Tarragona de 1234 D. C.: «Nadie puede poseer los libros del Antiguo o Nuevo Testamento en la lengua romance. Si alguno los posee, debe entregarlos al obispo local dentro de los ocho días de decretado este canon a fin de ser quemado…»

Las autoridades les arrebataron a la fuerza la Palabra de Dios a los ciudadanos mediante estrictas normas que buscaban eliminar a los «herejes» y, además, prohibieron la traducción de la Biblia a los idiomas nativos del pueblo. Como consecuencia, el pecado conquistó la Iglesia: empezó por los líderes y terminó por el mundo cristiano.

EL SURGIMIENTO DE UNA VALIENTE VOZ

A pesar de todo esto, siempre hubo un revuelo y un anhelo clandestino por leer la Biblia. Hubo varios intentos por traducirla a diferentes lenguas, pero la Iglesia atrapó a los traductores y los castigó como herejes. Incluso en el siglo X, un erudito de la Biblia que se las ingenió para mantenerse en el anonimato se atrevió a traducir los Evangelios al inglés, aunque solo pudo hacerlos circular de forma privada porque el cristianismo lo prohibía.

Aun así, otras personas en diferentes países europeos intentaron traducir en secreto partes de la Biblia. Pedro Valdo ordenó la traducción al francés hasta que la Iglesia lo excomulgó en 1184.

Sus seguidores, denominados «valdenses», se expandieron por toda Europa y llevaron a cabo una campaña clandestina que buscaba acercar la Biblia a la gente. Durante siglos, la Iglesia inició una inquisición sin fin con el objetivo de evitar que siguieran predicando y repartiéndole Biblias a la población; el grupo casi fue aniquilado en el siglo XVII.

Por Shira Sorko-Ram

Fuente: Maoz-Israel Español http://www.maozisrael.es/

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